La ermita de San Segundo

La iglesia de San segundo es la más occidental de los templos abulenses, y también situada a menor altitud al situarse a orillas del río Adaja. Tenía advocación a San Sebastián y Santa Lucía, pero en 1519, tras el descubrimiento de una sepultura con restos humanos en la que se podía leer “Santus Secundus”, hizo que se creyera que pertenecería a los restos del apóstol Segundo, el cual, además de ser quien fundara la ciudad de Ávila, sería el primer obispo de la ciudad. El traslado de los restos de San Segundo desde la ermita a la catedral se celebró a finales del siglo XVI, con gran júbilo entre los abulenses. Desde entonces, la ermita pasó a llamarse de San Segundo, y el culto a San Sebastián se trasladó a un pequeño humilladero a la salida de la ciudad en la carretera de Salamanca, y que hoy conocemos como los Cuatro Postes. Con la nueva advocación a San Segundo se pasó a tener un vínculo sentimental de la ciudad con la iglesia, aunque durante los siglos de la modernidad hubo una pérdida de actividad y olvido hasta 1923, con la declaración de Monumento Nacional, que hizo que se volviera a conmemorar y celebrar el patronazgo del Santo sobre la ciudad de Ávila.

La construcción del templo se estima que sería entre el 1130 y 1160, al ser coetánea de San Andrés y a la que tradicionalmente se le relaciona. Tiene planta de tres naves y una cabecera tripartita desviada, lo que se en alguna ocasión se ha justificado al relacionarlo con la inclinación de la cabeza de Cristo en la cruz, aunque no parece plausible esta explicación, señalando como causa más probable que se debiera a alguna irregularidad del terreno, a un fallo de los constructores o incluso a la existencia de alguna estructura de un culto anterior. De estilo románico solamente se conserva la cabecera triabsidal, la portada meridional y los muros de carga aunque la cabecera ha sido muy transformada al abrirse comunicación entre las tres capillas a través de arcos.

El templo se alza sobre un zócalo de sillares de granito, sobre las cuales se levantan hiladas de granito ocre de piedra caleña. La cabecera, rematada con canecillos de nacela, no tiene vanos y en su parte norte se han añadido algunas edificaciones posteriores adosadas, mientras que en el interior se cubre con bóveda de cañón y horno.

Mientras que la puerta oeste es del siglo XVII, con un gran arco carpanel y un óculo sobre ella, es de estilo barroco y permanece cegada, la puerta del mediodía, si es de estilo románico, abocinada y de medio punto, está decorada con arquivoltas de rosetas y de baquetón sobre jambas y columnas lisas, grifos, hojas similares a las de San Andrés e incluso un ave con las alas extendidas que decoran los capiteles. Se estima que intervinieron dos talleres escultóricos en la fábrica de San Segundo, uno que trabajaría la cabecera, y otro la portada, hacia el segundo tercio del siglo XII.

Con el devenir de los siglos la iglesia de San Segundo ha sufrido grandes transformaciones, como la construcción de una pequeña sacristía, o los grandes arcos de separación de las naves y que soportan la armadura y cubiertas de madera. Y también, la curiosa construcción adosada a su pared norte, hoy en ruinas y de la cual solo permanecen en pie los muros exteriores, que pertenece a la primera casa que tuvieran los carmelitas calzadas al establecerse en Ávila, allá por el 1600.

Las últimas obras de restauración de la ermita se han centrado en las cubiertas, a cargo de construcción y restauración Stoa. Aquí se puede consultar, además del antes y el después, el proceso de restauración del mismo.

FUENTES

FERRER GARCÍA, Félix A., La Invención de la Iglesia de San Segundo. Cofrades y frailes abulenses en los siglos XVI y XVII, Excma. Diputación Provincial de Ávila. Institución “Gran Duque de Alba”, 2006.

http://www.romanicodigital.com/detalle-Pdf.aspx?archivo=%C3%81VILA&localidad=%C3%81VILA

http://www.avilaturismo.com/es/que-ver/item/41-san-segundo

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSSegundo.htm

https://es.wikipedia.org/wiki/Ermita_de_San_Segundo_del_R%C3%ADo_Adaja

 

San Isidoro de Ávila

retiro-parque-madrid-blog12La ermita de San Isidoro o de San Isidro estaba situada extramuros de Ávila, frente a la puerta de la Malaventura, y tras su desamortización sus restos, tras diversos traslados, se ubican actualmente en el parque del Retiro en Madrid. En un comienzo, la ermita se denominaba San Pelayo en honor al mártir cordobés en el año 1000. Posteriormente, su nombre fue cambiado a San Isidoro por el hecho, quién sabe si real o ficticio, de haber acogido los restos de San Isidoro en su traslado desde Sevilla a León, por parte del rey Fernando I, al mismo tiempo que ordena el traslado de los santos Vicente, Sabina y Cristeta a un lugar más seguro (monasterio de San Pedro de Arlanza, en Burgos) por la inseguridad  ante incursiones musulmanas y la impresión negativa que le produjo la ciudad de Ávila.

La construcción del templo debemos situarla hacia mediados del siglo XII realizada en piedra caleña de la Colilla y a pesar de su práctica desaparición conocemos de cómo era a través de los dibujos de Wyngaerde, Repullés y Vargas, las estampas de los Monumentos Arquitectónicos de España, y a través de diversa documentación del Archivo Municipal y de un libro de la Cofradía de San Isidoro conservado en la sacristía de la iglesia de San Nicolás.

El templo es de planta única, con una cubierta de madera, al igual que otras iglesias románicas de Ávila, con una cabecera profunda y dos puertas, una hacia el mediodía y otra a los pies. El ábside tiene un tramo curvo y otro recto, dividido en dos, con arquerías murales, las bóvedas que lo cubrían son de cuarto de esfera y de medio cañón con arco fajón, apreciándose ciertas similitudes con las cabeceras de San Vicente, San Andrés y San Pedro. El paño estaba dividido en tres calles por dos semicolumnas adosadas, y centrando cada espacio una ventana con fuerte derrame al interior. Lamentablemente, tanto la cubierta de las naves y la cabecera, se han perdido. Por su parte, la portada guarda semejantes con los modelos realizados en San Andrés y San Vicente, aunque con algunas discrepancias como la ausencia de la alternancia entre rosetas y baquetones.

Su agónica existencia hizo que llegara al siglo XIX muy deteriorada y prácticamente en ruinas, lo que hizo que fuera derruida y sus restos vendidos a particulares y los elementos arquitectónicos a Emilio Rotondo Nicolau, los cuales, tras varias ubicaciones, están emplazados actualmente en el parque del Retiro en Madrid. Como dice J.L. Gutiérrez Robledo, se trató de una restauración que no fue, sino un vergonzoso traslado y una reconstrucción imposible.

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Fuentes

http://www.romanicodigital.com/detalle-Pdf.aspx?archivo=%C3%81VILA&localidad=%C3%81VILA

http://viajacyl.blogspot.com.es/2012/11/san-isidro-de-avila.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Ermita_de_San_Pelayo_y_San_Isidoro

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-27-09-2004/abc/Madrid/avila-reclama-los-restos-de-una-iglesia-romanica-enclavada-en-el-retiro_9623861624466.html

http://listarojapatrimonio.org/ficha/iglesia-de-san-isidoro-de-avila/

http://cvc.cervantes.es/elrinconete/anteriores/abril_16/27042016_01.htm

http://www.viendomadrid.com/2010/03/ruinas-de-la-ermita-de-san-isidoro.html#axzz4Ea3Xz9Q3

http://www.amigosdelromanico.org/opinion/opi_san_isidoro.html

http://muralladeavila.com/es/una-muralla-fotografiada/como-era-y-como-es/item/68-atrio-de-san-isidro

http://ruescas.blogspot.com.es/2014/10/en-proceso-ruinas-de-san-isidoro-de.html

El Jardín de San Segundo

En este mes de junio se ha realizado el proyecto “Si las paredes hablasen”, donde se mezcla la Historia, el Arte y el Teatro, con un resultado más que notable. A través de la Fundación de Casas Históricas y Singulares, la colaboración de Microteatro por Dinero y subvencionado por el MECD, hemos podido descubrir un rincón de Ávila desconocido para la mayoría y que recibe varios nombres: la finca Güell, Villa Winthuysen, Huerto de Santo Domingo o Jardín de San Segundo.

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Haciendo un recorrido por la historia del espacio, situado en el extremo noroeste del recinto amurallado, encontramos su origen en la compra de unos terrenos por parte de Eusebio de Güell y López, hijo del promotor del Parque Güell. En éstas huertas, con el plano firmado en 1922, el sevillano Javier Winthuysen, uno de los mejores paisajistas españoles, creó uno de sus mejores jardines como finca de recreo estival, compuesto de “canales de agua, gran alberca, estanques, distintos ambientes (patio, laberinto miniatura, rosaleda, bosquete…) que se van descubriendo durante el paseo que sigue los distintos niveles del suelo, delicadamente aterrazado”, de clara influencia hispanoárabe donde el agua, a lo largo de sus más de tres mil metros cuadrados, es el absoluto protagonista.

Tras la guerra civil, la finca pasó al II Marqués de Santo Domingo, Francisco Maroto y Pérez del Pulgar, quién adornó el jardín con diversos restos arquitectónicos y esculturas, como cinco verracos celtíberos, escudos (emblemas de la ciudad de Ávila y de los Guillamas, entre otros), restos de la antigua alhóndiga, lápidas, esculturas, capiteles y columnas, así como reforma de una de las dos casas de labranza que existen en la finca, con una portada renacentista procedente del derribo de un palacete, que dan un aspecto singular al jardín, quizá un tanto alejado de la concepción inicial de Winthuysen.

Marco excepcional alejado de las miradas de curiosos por un muro que esconde la belleza del jardín interior, durante décadas ha sido lugar de celebración de fiestas de la nobleza, y escenario de encuentros de personalidades de la cultura y la sociedad, como Jacqueline Kennedy o Mario Vargas Llosa. Actualmente, la finca pertenece al marqués de Pozoblanco, el médico y escritor Juan Martínez de las Rivas y Maroto, quién además de mantener el espacio está sujeto a celebración de eventos, alojamiento, visitas guiadas e incluso espacio de interés fotográfico y rodajes cinematográficos.

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Volviendo a la visita “Si las paredes hablarán”, tras una explicación por la historia de la Huerta de Santo Domingo y el Jardín Histórico, pudimos recorrer y contemplarlo, amenizado por dos pequeñas obras de teatro que habían sido creadas para la ocasión y para este espacio en cuestión. La primera, “Missing Teresa”, nos muestra una Teresa paseando junto a la muralla, pero su tranquilidad se verá trastocada por la visita de su ¿Dios? ¿Diablo?, quién tentará a la Santa. Con tintes de comedia, la obra deleitó al público amenizando el paseo.  La segunda obra, “Estoy esperando a mi amor”, combina microteatro con una danza histórica muy cuidada junto con unos trajes de época espectaculares.

Sin duda, se agradece la realización de actividades como “Si las paredes hablaran”, felicitando de manera sobresaliente a sus organizadores pues, además de combinar magníficamente Historia, Arte y Teatro, nos permite disfrutar, contemplar y admirar de un espacio tan espectacular como desconocido para los abulenses.

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FUENTES

http://www.fincaguellavila.com/

https://www.facebook.com/fincaguellavila/

http://elviajero.elpais.com/elviajero/2016/06/16/actualidad/1466089961_594727.html

http://viajacyl.blogspot.com.es/2013/05/jardin-de-san-segundo-avila.html

La pobreza en Ávila a comienzos del siglo XX

La pobreza estaba extendida en la primera mitad del siglo XX en Ávila. Había barrios con viviendas realizadas al azar y construidas con humildad, sin ningún orden urbanístico, formando callejuelas tortuosas. Se podía considerar la pobreza como un mal endémico, y en la Ávila miserable de los pobres, muchos de ellos esperaban la llamada sopa boba, por parte de los frailes de Santo Tomás. Gutiérrez Solana hace muy buen relato de este acto social, como queda reflejado en la fotografía de la izquierda:

 

por fin, abren las puertas y entran en el patio del convento, con bancos de piedra y arbole seos. Bajo un cielo banco y frío, todos los pobres con sus escudillas y botes de latón, sonando una cuchara roñosa y negra dentro de su fondo; sus cabezas llenas de greñas, y las barbas enmarañadas y canosas, que destacan muy duras de sus caras curtidas y brillantes como moros; enseñando el pecho entre los rasgados de la camisa, con los pantalones y las mangas de sus americanas hechas jirones, por lo que asoman la carne y todas las vergüenzas, se colocan alrededor de un gran caldero que sacan del convento en un carrito de hierro con ruedas. Un hermano limosnero, con su capucha negra y hábitos blancos de fraile, su cabeza redonda, cortado el pelo al rape, con la frente saliente como un segador, que da la impresión de ser dura como la piedra, va llenando con un cazo las escudillas, botes y pucheros de las mujeres”.

En la imagen de la derecha, de un niño y un anciano mendigos comiendo a las puertas del convento de Santo Tomás, tomada por Redondo de Zúñiga, obtuvo la Medalla de Oro en el Concurso fotográfico Nacional de 1901.

Fotografías: avilas.es

Extracto de la conferencia: “Ávila en la primera mitad del siglo XX

Famosos de Ávila

Todos y cada uno de los abulenses somos famosos, aunque sea en nuestra casa. Algunos tenemos afán de protagonismo y destacamos incluso fuera de nuestras fronteras, mientras que los más modestos intentamos pasar desapercibidos. Tanto, que ni saludamos por la calle. Pero eso es otra historia.  En Ávila gozamos de todo tipo de personalidades famosos, celebres y populares, ya sea por nacimiento, adopción o veraneo, pues si por algo nos caracterizamos los abulenses es por cabezones y marcarnos metas muy altas, consiguiendo todo aquello que nos proponemos, como don Adolfo Suárez, quien dijo aquello de “puedo prometer y prometo que seré presidente del Gobierno”. Y contra todo pronóstico, lo consiguió.

Ávila, cuna de reyes, cantos y santos, que Isabel la Católica fuese a nacer en Madrigal de las Altas Torres no es casual pues, visto desde nuestro perspectiva, no hay mejor sitio donde nacer, al igual que Santa Teresa de Jesús, nuestra santa patrona de la cual estamos nos mostramos tan orgullosos que hasta le perdonamos aquello “de Ávila, ni el polvo”. Generalmente, a los abulenses de prestigio que ya no están entre nosotros los conocemos, por ejemplo, en forma de colegios, como Juan de Yepes o Arturo Duperier; institutos, como el José Luis L. Aranguren o Jorge Santayana, o poniendo su nombre a alguna calle como reconocimiento y exaltación a su figura que con frecuencia llega demasiado tarde. En el monumento que hay en medio del Mercado Grande dedicado a las Grandezas de Ávila – sí, estoy hablando de la Palomilla – se enumeran a aquellos que destacaron en otro tiempo, y desde aquí propongo que cada abulense piense en cuáles son sus tres abulenses preferidos y que aún conservan la vida, para crear un nuevo monumento para encomiarlos, y posteriormente ser colocado en alguna rotonda, aunque poco a poco vamos aprendiendo  a reconocerlos en vida, poniendo su nombre a nuevas calles y construcciones como el edificio de Moneo o el  Centro de Alzheimer Miguel Ángel García Nieto.

Y es que somos gente famosa pero humilde, como Iker Casillas, pues a pesar de que el chaval es abulense de Navalacruz, por modestia dice que es de Móstoles. Ver para creer. Y siguiendo con deportistas, Ávila es una cuna extraordinaria, como El Chava, que tantas etapas nos hizo sufrir y disfrutar; Mancebo, siempre mostrando su perfil bueno; Carlos Sastre, poseedor de siete Tours más que Lance Armstrong; Julio Jiménez, quienes los jóvenes le recordamos todos los fines de semana haciendo pelotón nocturno en la cuesta que lleva su nombre esperando a entrar en la discoteca de moda; y Carlos Soria, quien con total seguridad es el abulense que más alto ha llegado y a una edad en la que cualquiera de nosotros estaríamos contando batallitas antes que subiendo ochomiles.

No todos los abulenses somos buenos deportistas, otros somos de naturaleza sedentaria y destacamos en otras facetas, como la política, aunque alguno sea plusmarquista nacional de pluriempleo político; en las artes, aceptando como hijos adoptivos a grandes maestros como López Mezquita o Guido Caprotti – ellos también querían ser de Ávila –; en las letras – sirva este libro como evidencia de avezadas y afiladas plumas, o José Jiménez Lozano, premio Cervantes de literatura–; en la magia y el ilusionismo, como el mago Montty, el Tamariz abulense, o el polifacético mago More, el cual tan pronto hace un truco de magia, un monólogo o un café bien cargado; y en la música, donde seguro que no tardando mucho Marazu o Teresa Martín ganarán Eurovisión, aunque la gala nunca será lo mismo sin la voz del maestro Uribarri.

Dicen que uno no es un abulense famoso sino tiene, al menos, una nominación a los premios Galardones la Alcazaba, pero somos tantos y tan distribuidos por el mundo que no hay suficientes premios para nosotros, y ahora, con la concesión del título de hijo adoptivo a todos los alumnos que hayan pasado por la Escuela de Policía – como premio por velar por nuestra seguridad y rescatar a las náufragas de nuestras playas – el porcentaje de famosos aumenta exponencialmente y se extiende a toda la geografía peninsular e insular, pero si tenemos que destacar a alguien del CNP ese es nuestro eterno Comisario, Tito Valverde, al cual según las leyendas se le puede ver paseando y comiendo pipas Calvo en el Mercado Grande algunas tardes de domingo.

No entran en este espacio todos los famosos que debieran, aunque la definición de celebridad es difícil de cuantificar, depende de la percepción de cada uno y de la sociedad, porque para mí famoso es Teto, lugar de cambio de cromos por antonomasia, esos bares con camareros de toda la vida: Goyo en la Mezquita, Piru y Dani en el Moro – ¡Dime joven! –, Félix en la Mina, los gemelos de El Rincón…; tenderos y comercios de toda la vida: Casa Quirós, Nicanor, Peralta, Bazar Pardo… y otros tantos personajes de nuestro día a día como el afilador en bicicleta, el “caminante” que recorre nuestras calles, los mozos de las vacas,  el ayudante del obispo que va vestido de blanco – y en bici –, Julito Panin, , PPT, el que toca la flauta con un perro bajo el arco del Grande, Valentín el portero, el que vende sellos y monedas los domingos en el Grande, Pacorro… y muchos, muchos más. Ávila, al igual que el Springfield de los Simpsons, lo formamos personajes maravillosos, peculiares e imprescindibles sin los cuales nuestra ciudad no sería la misma.

Espacio patrocinado por Woody Events.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Para comprender un poco más de la visión extragavante que tienen los abulenses del mundo, os dejo, además, un par de relatos de la primera parte y, por supuesto, mucho mejores que el relato anterior: “El Tontódromo“, del siempre genial Cristóbal Medina; y “Pensamientos circulares” del inclasificable Pablo Garcinuño.

¿Aún queréis más? ¡Comprad el libro, insensatos! Mientras, os dejo este loco monólogo del incombustible Carlos Fernández-Alameda como aperitivo a “El mundo según los abulenses Vol. 2″…

Ávila en la primera mitad del siglo XX

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Se cumplen 100 años de la llegada del pintor Guido Caprotti a Ávila, el cual quedó atrapado en la ciudad amurallada en el invierno de 1916, tras una copiosa nevada. Desde aquella noche, Ávila sedujo el espíritu artístico del italiano durante cincuenta años, desarrollando en ella gran parte de su obra.

Desde el Ayuntamiento de Ávila se están desarrollando una serie de actos para conmemorar la llegada de Caprotti, entre los cuales señalo la conferencia «Ávila en la primera mitad del siglo XX», el próximo jueves 21, a las 19.00 h en el palacio de Superunda y que tengo el honor de impartir.

En ella realizaremos un recorrido por cómo era la ciudad de Ávila durante éste periodo: sus gentes, sus calles, sus comercios, sus monumentos… y algunos acontecimientos importantes para la sociedad abulense de este tiempo.

Quedáis invitados. No faltéis. Pongo falta.

Sergio Sánchez

P.D. Foto avilas.es

Torquemada no descansa en paz

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Auto de fe. Berruguete

La controvertida figura del dominico fray Tomás de Torquemada ha quedado ligada a la historia del Santo Oficio, institución de la que formó parte como Inquisidor General, dedicándose a la defensa de la fe católica, persiguiendo a herejes y conversos. También, fue fundador del monasterio de Santo Tomás de Ávila, donde se retiró en 1496, ya anciano y con los achaques de la edad, aprovechando sus últimos años para establecer el estatuto de limpieza de sangre que se mantendría en los siglos siguientes, y donde fallecería dos años después, el 20 de septiembre de 1498. Fue enterrado en el mismo monasterio de Santo Tomás, pero sus restos no encontrarían descanso eterno.

En 1572, sus restos fueron trasladados para acoger la tumba del obispo Francisco de Soto y Salazar. Con el devenir de los siglos, los restos del inquisidor Torquemada se han perdido. Se cree que estaría enterrado bajo un pequeño altar en la sacristía, pero en 1699 fue destruido por un gran incendio, el cual, al reconstruirse, se perdieron todas las referencias a la tumba del dominico. Según algunos historiadores, sus restos fueron profanados durante la invasión napoleónica, sin conocerse siquiera quienes serían los autores de semejante acto, cumpliendo, de esta manera, una supuesta venganza demorada en el tiempo.

Por el contrario, José Belmonte, en su obra Ávila Contemporánea, dice: “Y en otro momento -1836- se sacaron de su sepulcro, se arrastraron y aventaron en el “Brasero de la Dehesa” –patíbulo de llamas inquisitoriales- los restos del inquisidor Torquemada”. Esta localización, el llamado Brasero de la Dehesa, se corresponde con el lugar donde quemaban a los condenados de la Inquisición en Ávila, en algún punto próximo al monasterio de Sancti Spiritu, como los ajusticiados en el proceso del Santo Niño de la Guardia, en los inicios del Santo Oficio y cuando Torquemada era Inquisidor General.

Fuese como fuese, los restos de fray Tomás de Torquemada se han perdido. La leyenda negra ha empañado la vida del austero dominico que sentó las bases de una institución muy importante en la historia de España. No debemos caer en el error de juzgar el pasado con los ojos del presente, sino ponernos en el contexto la sociedad de la época, y no guardar, en ningún caso, odios y rencores de siglos pasados.

Fernando el Católico, rey de Jerusalén

Cuando Fernando el Católico quedó viudo tras el fallecimiento de la mujer de su vida, Ysabel, contrajo matrimonio con una joven de 18 años, Germana de Foix, sobrina del rey de Francia, a través de la cual le traspasó los derechos dinásticos del reino de Nápoles y le traspasó, a él y a sus descendientes, el título simbólico de Rey de Jerusalén.

El título de rey de Jerusalén nació a raíz de la Primera Cruzada, que tuvo como propósito conquistar aquellos lugares declarados santos por el cristianismo. Tras la conquista, Jerusalén se convirtió en un estado cristiano, y el título fue pasando de un descendiente a otro hasta María de Antioquía, quien en 1277, vendió el título a Carlos de Anjou, rey de Nápoles, con la aprobación y bendición papal. Pese a que el estado desapareció en 1291, el título continuó vinculado al rey de Nápoles durante los siglos siguientes. Y fue a través de este matrimonio de Fernando II de Aragón con Germana cuando este título pasó a engrosar la intitulación de los reyes castellanos, pasando a sus descendientes hasta el día de hoy, siendo Felipe VI, rey de Jerusalén.

En el invierno de 1515, el rey Católico cayó enfermo en Madrigalejo (Trujillo), y pese a que Fernando ya tenía una edad, su salud estaba deteriorada y al parecer tenía algún problema cardiaco, traducido a dificultades para respirar, él nunca pensó que había llegado su hora. Aún tenía algo pendiente que hacer: conquistar Jerusalén, en manos de los infieles, y alzarse como baluarte de la cristiandad, atribuyéndose como un rey mesiánico y salvador.

Ello vino ratificado, en parte, por la profecía de la beata Sor María de Santo Domingo, una monja de la localidad abulense de Barco de Ávila, quién le auguraba que no hallaría la muerte sin antes haber conquistado el santo lugar de Jerusalén:

album_orz037784_839x2000Fállase por profecía

de antiguos libros sacada

que Fernando se diría

aquel que conquistaría

Jherusalem y Granada.

El nombre vuestro tal es,

y el camino bien demuestra

que vos lo conquistarés;

carrera vays, no dudés,

sirviendo a Dios, que os adiestra.

Como podréis imaginar, esta profecía nunca se cumplió, y una empresa semejante sería imposible de realizar a costa de las arcas castellanas y aragonesas, incluso con la ayuda del Papado. A Fernando le fueron administrados los sacramentos, dictó testamento, ordenando que sus restos fueran a Granada y enterrados junto a la mujer de su vida, Isabel.

No deja de ser curioso como una profecía podía ser creía a pies juntillas por el rey aragonés, por irrealizable que pareciera, y que hubiera cambiado, sin duda, el rumbo de la historia.

Tanto Monta

En el medievo era tradición que la pareja de enamorados, o prometidos, adoptaran un emblema que fueran sus iniciales entrelazadas. En el caso de los Reyes Católicos, sus emblemas son el yugo y el nudo gordiano, símbolo del rey Fernando; mientras que el haz de flechas es el símbolo de Ysabel.

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Monasterio de Santo Tomás. Ávila

El equilibrio perfecto que muchos historiadores quisieron ver la unión matrimonial de los reyes de Castilla y de Aragón, principalmente en el siglo XIX, lo plasmaron en una errónea transcripción del lema «Tanto Monta», diciendo «tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», lo cual es absolutamente falso: Castilla ejercía un papel predominante frente a un Aragón inferior tanto en superficie, población y poderío.

El lema es sólo «Tanto Monta», y nunca fue la seña de los Reyes Católicos, sino solamente de Fernando. La misma fue indicada por Antonio de Nebrija, aludiendo a un episodio de la vida de Alejandro Magno:

Durante la expedición a Asia, el joven rey visitó el templo de Zeus en Gordión, donde había un yugo atado por un nudo inextricable. Un oráculo había dictaminado que quien lograra deshacer el nudo se convertiría en el señor de Asia. Alejandro no lo dudó un instante e intentó deshacer el nudo, aunque sin éxito. Resentido, cogió la espada y cortó el nudo diciendo «Nada importa».

Y precisamente eso es lo que simboliza el yugo que será el emblema de Fernando, representado por el emblema «Tanto Monta». Da igual, deshacer o cortar. Fernando, al igual que Alejandro, joven de gran temperamento que fue el ejemplo de Príncipe para Maquiavelo: rodear los obstáculos cuando no se pueden franquear, zanjar las cosas sin dejarse detener por las dificultades.

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Fuente

Joseph Pérez. Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos. Madrid, Ed. Nerea, 1988. pg. 63

S.T.T.L. Profesor Almeida

Cuando era estudiante de Historia, mi madre me habló de un vecino que era historiador, al que también le gustaban las piedras, que había sido profesor en no sé dónde en a saber qué universidad. Extrañado, pregunté quién era, pero no sabía su nombre, vagamente me dijo un apellido: Almeida.

Rápidamente, busqué información sobre él. Emilio Rodríguez Almeida, arqueólogo e historiador que realizó los primeros trabajos del Monte Testaccio, en Roma. Gran epigrafista, reconocido internacionalmente como experto en topografía urbana de la Roma Antigua, profesor en universidades italianas, francesas, suizas o norteamericanas y gran estudioso de Ávila…y era mi vecino.

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Algo no me cuadraba. ¿Cómo iba a ser mi vecino un distinguido especialista del mundo romano? ¿Estamos hablando del mismo anciano que acostumbraba a jugar con su gato a primera hora de la mañana en las escaleras de su casa, en pijama y batín, mientras tomaba el desayuno? ¿Acaso no se le reconocía?

Durante años, le vi pasar por mi calle a media mañana: traje impecable, corbata, perilla recortada, gabardina, bastón y sombrero. Destilaba elegancia y sapiencia a partes iguales. La viva imagen de un erudito, un personaje que permanecía en el siglo XX, y que no hubiera desentonado en ninguna tertulia intelectual de Cafés. Volvía a pasar diez minutos después, leyendo el periódico, olvidándose del bastón, que colgaba elegantemente del brazo.

Leí varias de sus obras – empezando por su imprescindible «Ávila Romana» -, con las que comparto algunas teorías y otras estar en desacuerdo, pero no puedo negar que fue un gran estudioso de Ávila y que muchos, de los estudios de la ciudad comienzan con sus investigaciones, siendo su obra de obligada referencia para arqueólogos, historiadores y abulenses.

De Rodríguez Almeida me hablaron amigos y conocidos míos, del cual me han contado alguna anécdota que denota cómo era el profesor. Puedo destacar el testimonio de un amigo que se lo encontró frente al sepulcro de El Tostado en la catedral, tirado en el suelo, intentando calcar una inscripción a través de los barrotes. E indirectamente también me hablaron de él sus amigos – los de verdad, ellos saben quiénes son – los que le acompañaban en sus paseos por la ciudad o en sus salidas de campo y con los que entablaba amigables e ilustradas conversaciones. Nunca me atreví a hablar con él, por no molestarle y supongo que por temor a no estar su altura intelectual. Por ello, no le conozco y no debería estar escribiendo estas líneas, pero si quisiera acabar contando dos encuentros que tuve con don Emilio.

Hace unos años, animado por conocer algo más de la figura del profesor, fui como oyente a una conferencia que impartía en el Colegio de Abogados de Ávila, «Ávila 1, 2, 3» dentro del ciclo «Construyendo voces» del festival de literatura oral Cuentacuarenta. Consiguió llenar la sala, y antes de comenzar me preguntaba si don Emilio, ya de edad avanzada, sería capaz de completar la conferencia. Cuando comenzó la explicación, el anciano profesor, de aspecto frágil, se transformó: Apareció el profesor. No sólo impartió una clase magistral sobre «las muchas Ávilas», si no que durante más de una hora – y podría haber seguido una más – habló con una vitalidad, lucidez y entusiasmo digno de un joven, denotando pasión en lo que hablaba y contagiando al público de su entusiasmo. Todo ello permaneciendo de pie, sin ayuda del bastón.

Durante esa hora, aprendí más que durante todo un año en la facultad.

El otro encuentro fue en 2011, si mal no recuerdo, en la reunión anual de la Institución Gran Duque de Alba, donde asistí para dar cuentas sobre un trabajo de investigación que estaba realizando para la Institucion. Rodeado de sabios, profesores, catedraticos, eminencias y figuras consagradas dentro del mundo de la cultura Abulense, fue el profesor Almeida quien pidió la palabra al término de la sesión. Durante su intervención, todos los asistentes, todos, se quedaron en absoluto silencio escuchando sus palabras y lo que me llamó más la atención en más de uno fueron sus miradas: de respeto y admiración.

No hubo aplausos, tampoco críticas. No hacía falta nada. Solo un silencio de respeto entre iguales que dicen más que mil palabras.

Descanse en paz, profesor. Su nombre queda ligado a la historia de Ávila para siempre, y Ávila estára en deuda con usted. Ojalá se le reconozca como merece, y se le haga justicia con los homenajes póstumos que vendrán, y que no supimos darle en vida.

 Sit Tivi Terra Levis, profesor.

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